Volaban pedazos de vidrio pero ella permanecía llorando, y este comienzo fue anterior a que el gran ruido estruendoso de risa lo hiciera estallar. Ella lloraba pero su incredulidad era mayor. Ella estaba en el espejo, dos veces. Frente a ella y tras ella, unos cuantos metros atrás, en una esquina de la habitación. Aquella carcajada megafónica la hizo tambalear, y su mente comenzaba a girar y a girar... Al punto de no saber que esa segunda imágen era producto del marea o es que su conciencia desvariaba. Esa risueña figura, idéntica a ella no disimulaba, esa risueña cara la miraba a ella. Ella a ella misma. La burla era sí misma sin ganas de detenerse por compasión. El sonido crecía y el borde de la locura se aproximaba, el ensordecedor momento se asemejaba al ahullido de mil lobos, a toda la gente del mundo maldiciéndote, y tú sin entender por qué. Ni el más fuerte perverso sentimiento dentendría la locura, cada vez más luminosa en la qe ella caía, sin detenerse. Ella estaba detrás burlándose de todo lo que veía, la realidad, sátira reflejada en una mujer idéntica. Burlándose de lo innombrable, del sufrimiento ajeno. Qué ganas de romper el espejo, pero aumentaría el ruido, aumentaría la locura y vería multiplicada a la que en ese segundo eterno se había convertido en su enemiga, ella misma, con la ria de él. La mirada y por ende, las intenciones de él, intenciones que ya se convertían en irritantes, irritablemente dolorosas, dolorosamente irritantes. Cuando en la realidad ella gritaba y su grito no sería más que uno de los del bullicio. al segundo siguiente de comenzar el desquicio en un grito de entrañas todo se calló. Menos su grito, y sus oídos estuvieron hechos en el tercer segundo en música de piano, alegre y espontánea, de ballet que hace llorar los que hacen gritar y saltar como un niño. Ella escuchaba el piano de la otra ventana, de aquella casa donde no había ventanas, sólo murallas conteniéndola ofensivamente a ella. La casa contigua con un espejo que estalló que volvía a la gente demente y volvía a poner en su tocadiscos infernal, una música de piano, en cada función, al final. Cuando todo murió otra vez, como un rompecabezas que reía para ser mentira, porque claro, no podía ser, en el maldito espejo vio ella su cara, pero no era la misma, desfigurada... demacrada el grito siguió eterno, complaciendo cada centímetro de dolor en ella. al cuarto segundo. Y en la macabra hazaña que cautivaba al resto, que no constituía más que soledad, ella decidía paralizar su corazón, y en el charco de grito sucio, su locura exudaba paz, y en el marco de una noche calurosa, el grito asfixiante lograba vaciarla hasta convertirla en perfecta orate. Cubierta por pellejo transparente y como no tiene color, en esta casa oscura sin ventanas, sólo altas murallas, no había nada, porque si existió algo, y en esta existencia fue vista de transparencia, entonces la pena no vale, y aquel espejo en la locura sucumbía. Entonces en la casa existía, sólo la risa estrepitosa, que daba pie a la repetida locura, a que la cara de aquella mujer se viera envenenada de magnífica oscuridad. Ella yace recostada, de pie apoyandose sobre sí, sorda, no escucha más risas de horror. Ciega no ve, imágenes en diagonal, Muda no grita dejando un camino para el fin de su alma. Sucumbe ante la inmortalidad mortal. Ante todo lo que no qiso ver jamás, y que ahora está condenada a ver en esa cosa llena de nada y oscuridad, de murallas instransitables y sin ventanas, y luego... Música de piano...
martes, octubre 09, 2007
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